Desperté. Sinceramente no sabía quien era yo, debía ser yo, pero no lo sentía así. No tenía ganas de hablar con nadie, por miedo a que alguien notara mi cambio de personalidad tan repentino, así que me predispuse a callar todo el día. Tarea fácil para alguien tan excéntrico como yo.
Me alisté, como siempre, y fui al colegio.
Entré al aula, como cualquier otro día. Dejé mis cosas en mi pupitre y tomé asiento. Entrecrucé los dedos y los apoyé entre mi nariz y el labio.
Así me quedé mientras llegaba toda esa gente con la que me veo obligado a convivir todos los días, mis compañeros de clase.
Mientras tanto, mi mente volaba, pensaba en como arruiné mi pasado, como desperdicio mi presente y en como desmorono mi futuro.
Me la pasé así hasta que sonó la chicharra que anunciaba el inicio de las clases. Cosa que me interesó muy poco, ya que en realidad saqué mi libro de Tokio Blues y sin más, lo comencé a leer.
Me tocaba la materia de Tutoría (que en realidad no es una materia). Entró la maestra, una mujer morena con sobrepeso. A pesar de tener cara de felicidad y complacencia, sus ojos demuestran una tristeza inmensa. Esta mujer siempre está en mecanismo de defensa, siempre tratando de herir con sus comentarios punzo-cortantes, pero hoy no podía hacer nada que me molestara, estaba demasiado dañado como para dañarme más.
Me importó un bledo su presencia, así que seguí leyendo. Repentinamente me habló la maestra, sinceramente me dio mucha pereza ir a el escritorio para ver que quería.
Puse mi separador en la página en que me había quedado (que por cierto, era una parte muy interesante) y fui hacia el escritorio.
—¿Qué pasó maestra?— Pregunté
La maestra volteó fugazmente a mi pupitre, donde dejé mi libro, entonces preguntó:
—He notado que leías, ¿qué libro es?, ¿De qué trata?
—Tokio Blues, es de un escritor japonés— contesté sin ánimo, ya quería regresar a mi asiento.
—Bueno, como tutora—comenzó a decir, cambiando repentinamente el tema— Es mi deber saber si tienes algún problema con alguna materia o algún profesor.
Hice mueca de estar pensando, aunque en realidad no tenía ningún problema, ya que me la he pasado tomando apuntes y en silencio. Inhalé profundamente y le dije:
—La verdad, no.
—¡Oh!, eso es muy bueno Patricio, me alegra mucho.
—Gracias— intenté sonar agradecido, pero mi cara quedó inmutable a algún sentimiento.
—¡Vaya!, al parecer has cambiado. Puedo ver que te has vuelto más responsable, y que has dejado de comportarte como un niño. Creo que has madurado— Dijo la maestra, esbozando una sonrisa muy extraña, como de satisfacción. Tal vez de verdad estaba orgullosa de mí.
Lástima que estuviera equivocada. Lo que me pasaba no tenía nada que ver con la madurez.
—¿Gracias?
La maestra no notó que era una pregunta de incredulidad, sólo dijo que regresara a mi asiento. Eso fue lo que hice, y comencé a leer de nuevo.
Acabó la clase de Tutoría, y comenzó la de Psicología.
Ni siquiera noté cuando se intercambiaron las maestras. Pero cuando me di cuanta, la maestra de Psicología ya estaba en el escritorio.
No me importo, sólo leí hasta el timbre para salir al descanso. Entonces cerré mi libro y me marché.
Fui a buscar a una de las pocas personas que me comprende y me acepta, al igual que yo a ella. Y nos pasamos el descanso juntos físicamente, pero distanciados mentalmente. Cada quien volaba en su propio infierno interno.
Cuando terminó el descanso, fui directamente a mi salón, y me planté en mi asiento justo como en la mañana.
Y pasaron otras tres horas de rutina. En todo el día no hablé con nadie, mas que unas vagas palabras pidiendo la hora, o preguntando si había tareas pendientes.
Y así hasta que llegó el segundo descanso. El más corto del día, gracias al cielo.
Hice lo mismo que en el primero, a diferencia de que compré algo en la cooperativa, no sé por que, ya que no tenía tanta hambre.
y acabó el segundo descanso. De nuevo me dirigí a mi salón, me planté y entrecrucé los dedos en la parte superior del labio.
Así me la pasé las siguientes dos horas. Cuando sonó el timbré en señal de cambio de clases, tomé mis cosas y subí las escaleras hasta el último piso (donde tomaba lugar la última clase).
Repetí el procedimiento, entré, dejé mis cosas, me senté, entrecrucé los dedos y divague por mi mente.
Poco a poco el aula se llenó, al igual que mi mesa. Como eran mesas en conjunto, no podía estar solo en esta ocasión. En mi mesa se sentaron mis "amigos", quienes hablaban de ropa, antros, clases sociales, y todo ese tipo de porquerías que en verdad no me importan.
Mi cabeza, estaba a punto de explotar, estaba harto de este maldito día. Estaba a punto de gritar, pero fui interrumpido por una compañera que preguntaba:
—Oye, Patricio. ¿Tú crees que debería perdonar a Briseño?, quiero volver a hablar con él, pero es su culpa. Él debería disculparse conmigo ¿no?, sí, así es, no le hablaré hasta que el me pida perdón y...
—¡No seas pendeja!. Sólo te quedan cuatro meses, y después de eso, no lo volverás a ver— exploté contra ella, no era mi intención, pero fue la primera persona que se me acercó. Pobre chica, tenía mala suerte.
Acabo la hora, por consecuente, las clases. Tomé mis cosas y me largué a mi casa.
Hablé por messenger con la persona que más me confunde. El ver como le interesaba hizo que volviera a sentirme yo. Prometió ayudarme el día de mañana, lo que dejó en mí una gran esperanza. Tal vez aún me sienta mal, pero saber que cuento con su apoyo me alegra mucho.
Después de eso, no he hecho más cosas que signos que gritan "¡ayuda!" en mi libreta.
Ahora, sólo olvido este día escribiendo esto...
Es imposible incluso aprender a conocernos a nosotros mismos, el secreto de la supervivencia (según mi opinión, que probablemente esté equivocada, ya que eso de el entusiasmo por la vida nunca se me ha dado mucho...) está en no tratar de entenderte a tí mismo, analiza a los demás, imagina, planea, no trates de entenderte, es imposible, doloroso. Somos seres cambiantes, recuerda que cada cabeza es un mundo... Nadie puede percibir más los cambios en ti que tú mismo...
ResponderEliminarEsa es mi opinión... Aunque no tenga mucho sentido...