miércoles, 21 de abril de 2010

El niño, las Fresas y el no Creyente


Cuando abrí los ojos, ya no me encontraba en aquel mundo lleno de odio y sufrimiento al que estoy tan acostumbrado. No... En ese instante me encontraba en otro mundo, uno completamente diferente. Este nuevo mundo era verde y se respiraba paz en el aire. Completamente irreal.

Me encontraba en un pequeño campo de fresas, solo, ya que nadie compartía mis ideales. Bueno, en realidad no me hallaba solo, estaba aquel niño, Beto.
Señor, ¡vamos! Allá, bajando el cerro, encontrará más fresasDijo el niño mientras señalaba con el dedo el sitio del que hablaba.
Me tomó de la muñeca y tiro de ella para llevarme a aquel lugar.
—Espera, Beto, ya estoy cansado— Dije entre jadeos.
En realidad ya no podía más, Beto me había hecho subir a la punta del cerro, y ahora quería que lo bajara. Éso sobrepasa mis límites.
Me senté en el césped e intenté controlar mi respiración. Beto me imitó y después dijo:
—¿En serio ya se cansó, usted? Es porque viene de ciudad, pues.
—Beto— Al decir su nombre, obvié que mi respiración seguía irregular —Deja de hablarme de "usted". No soy tu autoridad.
—Sí, pues.
Cuando logré estabilizarme, nos pusimos de pie, y nos dirigimos a donde, según Beto, abundan las fresas.
Pasando una malla con púas, se lograba ver la base del cerro. Era un panorama sublime, mi mente no lograba registrarlo.
Después de deleitar mis ojos con tan magnificente vista, Beto y yo nos propusimos a bajar. Para poder bajar, se tenía que ir por un camino casi vertical. Yo bajaba con extrema precaución, mientras que el niño, lo hacía con tal facilidad, que no tardó mucho en adelantarse .
Cuando el niño estaba cerca de la base del cerro, sonrió y comenzó a gritar:
—¡Aquí están! ¡Hay muchísimas fresas y están bien grandotas!
Finalmente logré alcanzar a Beto y pude ver las fresas que decía. A comparación de las fresas transgénicas que conozco, éstas eran muy pequeñas, pero dulces como el azúcar. Simplemente deliciosas.
Después de comer fresas como si no hubiese un mañana, bajamos hasta la base del cerro y me recosté en el césped. Estaba exhausto. Beto se sentó a un costado de donde me encontraba, me miraba extrañado y dijo:
—¿Otra vez está, usted, cansado?
—Que no me hables de "usted"— Contesté un poco molesto. En verdad odiaba que me hablara de "usted" —Ya te dije que no soy tu autoridad. Y tampoco me llames señor. Soy tu amigo.
—¿Mi amigo?— De repente, Beto se quedó observando el vacío, con la cara seria, inmutable.
—Sí, tu amigo— Contesté rápidamente.
El niño parecía no creerlo, pero después de unos segundos, esbozó una gran sonrisa y dijo:

—Y entonces, ¿cómo te llamo si ya no te hablo de "usted"?Pues

—Como tú quieras, Beto— dije, mientras en mi rostro se empezaba a formar una sonrisa.
Beto volvió a mostrar esa sonrisa de oreja a oreja y dijo:
—¿Puedo llamarte amigo?
—Como tú quieras— Contesté y cerré los ojos, ahora yo también estaba sonriendo. Recostado en el césped, me fundía con la naturaleza. Realmente me sentía feliz.
Cuando abrí los ojos, me encontraba en el asiento de un autobús con destino a aquel mundo gris que quiero olvidar, mi infierno en vida. Ya no estaba en ese maravilloso mundo verde, mi boca comenzaba a olvidar el sabor de las fresas y mis oídos la voz de Beto, mi amigo.
Repentinamente, las lágrimas brotaron de mis ojos, dejando rastro de su camino sobre mis mejillas, mientras un oscuro pensamiento circulaba por mi mente: "no lo volverás a ver, no podrás regresar" .

lunes, 19 de abril de 2010

¿Qué me sucede?

Otra vez, sin motivo alguno, me siento fatal. No importa cuanto lo intente, no puedo salir adelante. Sólo retrocedo, empeoro, tentándome a recaer, justificándome en estúpidas excusas.
Estoy volviendo a ser consumido por mi mente. Los sentimientos me dominan de nuevo. Odio a todos.
La gente me molesta. Me irrita el sonido de sus voces. Quisiera erradicar permanentemente el bullicio que me rodea. Este deseo impulsivo de hacerle daño a alguien es casi incontrolable, es como si fuese el reflejo del deseo de dañarme a mí mismo. No podré controlarme por siempre.
Quizá todo se deba a la frustración forjada por cargar sueños sin esperanzas...