Hace mucho tiempo, Tim, era un amante del circo, iba a todos los que llegaban a su ciudad. Pero desde aquel incidente con el trapecista, jamás volvió a siquiera mencionarlos y quedaban sólo sus recuerdos.
Un día, un circo que era reconocido en todo el mundo, llegó a su ciudad.
Días antes de la presentación, abrieron un curso de trapecismo. Así que decidió enfrentar ese tonto trauma e inscribirse en lo que de verdad le apasionaba.
Se puso su mejor ropa para ir en busca, de lo que una vez, pudo haber sido su mejor sueño y que ahora no le causaba más que temor.
Cuando llegó a la gran carpa, notó a un hermoso perro de pelaje dorado con un bonito traje que lo hacía lucir muy elegante. Tim se acercó y le pareció que el perro le sonreía, así que decidió seguirlo cuando el perro entró deprisa a la carpa.
De repente, una gran variedad de animales, muy bien vestidos, salieron de la carpa. Entre ellos se encontraba un Dragón, con un traje verde limón, que le dijo a Tim que por favor entrara, para así, poder empezar con sus lecciones de trapecio.
El Dragón hablaba con tanta seguridad, que fue irremediablemente contagiada a Tim. Así que lo siguió hasta la base del trapecio. Era un trapecio muy alto, el más alto que Tim había visto en su vida. Tim calculaba que el trapecio medía por lo menos 44 metros.
En su la mera base, se encontraba un ornitorrinco púrpura, abriendo las puertas del elevador.
Cuando Tim llegó al último piso, notó a una hermosa garza con un leotardo de colores pastel, que lo animaban a ver las instalaciones.
A Tim le pareció un mundo tan fantástico y no por las extrañas criaturas que ahí habitaban sino por la enorme amabilidad y carisma de estos. También le parecía fantástico por el hecho de estar a punto de hacer su sueño realidad.
La garza le dijo a Tim que la usara de bastón para poder mantener el equilibrio. Tim dudó y dio un paso hacia atrás, pero el verdoso Dragón lo detuvo con una gentil palmada en el hombro.
Tim volteó y el Dragón le sonreía de tal manera, que lo llenaba de valor, para así, poder intentarlo. Así que Tim dejó de dudar y entonces, sujetándose de la hermosa garza, se lanzó sin pensarlo.
De repente la polea que sostenía a el trapecio, sujeta en el piso 27, reventó y el trapecio se vino abajo.
La garza y el señor Dragón podían colar, aunque Tim caía sin remedio al piso. Pero en verdad no le importaba aquella mortal caída, ya que estaba completamente feliz, su sueño se había cumplido.
Mientras Tim se acercaba a su irremediable final, sintió una mirada proveniente de las gradas del público, que deberían estar vacías. Tim volteó y vio a un pequeño niño que lo veía caer.
Segundos antes de estrellarse en el suelo y morir, Tim se percataba de que aquel pequeño niño, era el mismo, años atrás.
Boceto del Sr. Dragón
Con colaboración de: http://peligronotocar.blogspot.com/