Mientras el silencio de la noche cobija mis pensamientos y el viento fresco de otoño me eriza la piel de la espalda, una serie de sentimientos resurgen desde las profundidades del abismo.
Sentimientos con los que lucho todos los días para mantener encadenados, atrapados donde no puedan lastimar a nadie. Donde no puedan lastimarme.
Una amalgama grotesca de malestares, vergüenzas, miedos e inseguridades que intentan corromper mi cabeza y tomar control sobre mí, comienza a tomar forma.
Así como una entidad independiente que intenta contaminar mis pensamientos y hacerme creer que son míos. Como una versión negativa de mí mismo, pero que no reconozco.
Y con el suave cantar de las hojas con el paso del viento, el núcleo de esta criatura, la parte más terrible de este monstruo, llega a la superficie de mi corazón.
Bañada en los finos rayos de luz artificial que se filtran por mi ventana, puedo ver el ojo cristalino en el núcleo de la criatura.
Llora.
El núcleo de esa criatura muestra mis sentimientos más oscuros y terribles que he tenido. Me aterran. Los odio. Estoy obligado a vivir con ellos.
Mis ojos estan secos, mis dientes están apretados. Dolor. Esa cosa viene todos los días sólo para recordarme que existe. Desprecio.
Esa criatura viene a recordarme que hace tiempo que debí haberme ido. Viene a decirme que soy un cobarde, que queremos lo mismo aunque no sea capaz de aceptarlo.
Tiene muchos años que perdí la voluntad de vivir. Pero tomé ese sentimiento y lo enterré donde no pudiera dañar a nadie. Donde no pudiere hacerme daño.
Y es por eso que todos los días, cuando estoy listo para partir al reino de los sueños, resurge y me envenena.
Odio vivir con esto todos los días y quiero que todo se termine.
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